Artículo publicado en *Hänsel i *Gretel

Termina agosto y con él (muy probablemente) las vacaciones: nos reincorporamos al trabajo, el curso escolar empieza, retomamos proyectos y quizá iniciamos algunos nuevos. Pero mientras intentamos superar la morriña post-veraniega, no podemos obviar lo más importante: ¿a dónde has ido este verano?

Nos quejamos de los turistas que invaden Barcelona verano tras verano aunque es muy posible que hayamos caído en su mismo juego. Tomar un avión, viajar a algún destino masificado, visitar los highlights, comer en restaurantes locales, pero también en algún fastfood, comprar souvenirs y gastar en cadenas globales y, sobretodo, documentarlo todo minuto a minuto para compartirlo al instante en redes. Habrá muchos que no se sientan identificados (especialmente quienes no nos hemos ido de vacaciones) pero las estadísticas indican que es la (preocupante) tendencia global. Si no viramos el rumbo, el turismo terminará con el mundo. Aceptémoslo, los turistas somos los colonos del siglo XXI. Una ciudad “turística” es una ciudad que ha dejado de pensarse como hábitat para pensarse como destino. Ya no se prioriza que sea un buen lugar para vivir sino que sea un buen lugar para visitar.

Cada vez invertimos más en experiencias y menos en productos. Preferimos alquilar un piso a comprarlo; coger un taxi, un Uber o un blablacar a tener coche propio; gastar en restaurantes y vacaciones a tener un televisor bueno o una joya cara. En una sociedad fluctuante, o líquida que diría Zygmunt Bauman, poseer bienes ya no es una prioridad y la lógica de la acumulación ya no funciona. B. Joseph Pine II y James H. Gilmore la bautizaron ya en 1998 como “economía de la experiencia”.

No debe extrañarnos que se estime que durante la próxima década el turismo crecerá a nivel global una media anual del 4%. ¿Pero es el viajar un derecho? La movilidad es “el nuevo imperativo de las democracias liberales”- ha alertado Gilles Lipovetsky. Entonces, ¿a costa de qué y de quien ejercemos ese privilegio? El turismo se ha convertido en un fenómeno global sustentado en unas relaciones de poder abusivas, insostenible a nivel ecológico, a la larga empobrecedor económicamente y culturalmente homogeneizador. Quien posee el capital puede adquirir cualquier tipo de bienes de los que pueda disponer el lugar de visita, ya sea en forma de recursos naturales, patrimonio cultural o en los casos más extremos, directamente de los cuerpos.

Es fácil y rápido entender porqué viajar no es una de las actividades más eco-friendly que existen. Los desplazamientos “por placer” son los culpables del 72% de las emisiones de CO2. De éstos, más de la mitad tienen como origen los transportes en avión. Y el futuro no se augura mejor. Las aerolíneas prevén un aumento anual del 5%. En Barcelona podemos ver pegatinas que claman “Tourism kills the city” (el turismo mata la ciudad”), aunque para ser justos deberíamos decir “El turismo mata el mundo “. Por un lado, cuando los estándares de confort de los visitantes superan a los de los nativos, hay que hacer un gasto “extra” para cumplir las expectativas del turista. Por otro, al viajar nuestro nivel de exigencia sube. Lo queremos todo limpio y bien acondicionado, gastamos más agua y más electricidad. La presión que ejerce un turista sobre los recursos de un lugar acostumbra a ser mucho mayor que la de un habitante.

Que el turismo es un motor económico que beneficia a la comunidad es un espejismo, una falacia o, directamente, una mentira. El turismo es una industria extractiva que a corto plazo genera beneficios económicos pero a la larga resulta insostenible. Los gobiernos y las empresas se quedan con el trozo grande del pastel mientras el resto tenemos que conformarnos con las migas. Si es cierto que los ingresos globales aumentan, también lo es que la mayoría de las veces el capital va a inversionistas extranjeros que apuestan por un crecimiento especulativo. Se crean puestos de trabajo, sí, pero nuestro viajar “low cost” se traduce en jornadas maratonianas a sueldos irrisorios condensadas en un periodo de tiempo intensivo.

Entonces, ¿qué podemos hacer para revertir esta tendencia? No se trata de no movernos de casa (aunque sería la mejor solución) sino de encontrar el equilibrio entre el deseo de viajar y una movilidad que minimice el desgaste ecológico, que revierta positivamente en la economía del lugar y que sea consciente de su realidad socio-cultural. Debemos tener claro cuál será nuestro impacto en el lugar que nos acogerá y qué dinámicas estaremos fomentando con nuestro viaje y nuestra estadía. Y, ante todo , preguntarnos, ¿seremos bienvenidos?

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